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16 junio 2014

La previa

El miércoles 4 de junio de 2014, sin querer queriendo, junto a un amigo nos vimos vueltos en espectadores del preludio de una jornada penosa para la provincia del Chaco. La Multisectorial chaqueña, representantes de pueblos originarios y otros sectores sociales y políticos reclamó la renuncia del gobernador en funciones Juan Carlos Bacileff Ivanoff. Alrededor de 3.000 manifestantes se movilizaron ese día hasta la plaza 25 de mayo y fueron reprimidos más tarde por la policía de la provincia, a instancias del Gobierno. Fue noticia.

Estruendos
Fue un día nublado, de mucha humedad, con probabilidades de lluvia. Un día frío y pesado. Casualmente, y por razones de estudio, con mi amigo cruzamos el puente desde Corrientes para hacer algunas averiguaciones en Resistencia, con total desconocimiento de que ese día estaba prevista una marcha de protesta al centro de la capital chaqueña. El primer indicio sucedió cuando el colectivo, ramal Barranqueras, torció su recorrido sobre el final del trayecto para desviar la primera concentración de manifestantes que se estaba haciendo frente al Hospital Perrando.
Cuando alrededor de las 9.30 atravesamos la enorme plaza principal 25 de mayo nos encontramos con un operativo policial en plena formación. Un par de cientos de uniformados bullían en las inmediaciones de la Casa de Gobierno y formaban filas hombro con hombro, provistos de cascos, escudos y cachiporras, cortando la calle frente a la Casa de las Culturas.
El primer reportero gráfico recién llegaba al lugar. Un señor, bicicleta a un costado, subió a la plaza en la esquina de Alvear y Mitre, precisamente entre ambos edificios icónicos. Miraba azorado a su alrededor el espectáculo del orden y reía con ironía.
- ¡¿Qué se esto!? ¡Vamos a invadir Irak o qué! Una vergüenza, ni que estuviéramos en la dictadura, una vergüenza! ¡En plena plaza!
Entre pitidos de algunos agentes que desviaban el tránsito de la calle para preparar el operativo se oyó la primera bomba de estruendo. Por la atmósfera baja, el sonido retumbaba con especial fuerza. Era el eco de la masa que se acercaba marchando por la avenida 9 de Julio.
El operativo de tránsito en marcha y los automovilistas que por cuenta propia comenzaron a evitar el microcentro hicieron que el bullicio típico de una ciudad capital pareciera apaciguarse. Hasta que un segundo estruendo recordó por qué cada uno estaba donde estaba.
No había humo perceptible entre las nubes, ni olor a pólvora por la distancia y poco viento, pero sí el sonido que estremecía por momentos al aire húmedo y denso. De a poco el megáfono se oyó más cercano. Los vellos de los brazos bajo la pesada campera se estremecían, tenían que, ante el ruido esporádico. Las miradas fijas y disciplinadas de algunos de los policías se turbaban en milisegundos; un espasmo de párpados, un apriete de manos al escudo. Era tensión.
Habrán sido seis bombazos en la lejanía hasta que la primera columna alcanzó el flanco suroeste de la plaza y la masa cobró rostros, banderas y bombos.

Alianza
            Una unión, un pacto, un acuerdo para ir juntos a por metas comunes. El Estado es una alianza entre gentes, es lo que aglutina a una sociedad, en la que unos resignan y otros administran.
A medida que se acercaba la marcha de protesta, contra el gobierno, contra el jefe del Estado, se consumaba una nueva rotura de una alianza. En la manifestación, formada por representantes de muchos sectores, por los que reclamaban salarios y los que reclamaban dignidad, había una alianza. Habían reivindicaciones circunstanciales y las históricas, estructurales, las de los pueblos originarios pidiendo que dejen de expulsarlos de sus tierras, de diezmarlos, de someterlos. En la policía, formada en el muro ¿humano? que evitaría que la protesta llegue a la casa de Gobierno, había también una alianza; entre los uniformados, con el gobierno de turno. En lugar de un solo pacto social, varios pactos.
Había un policía joven, de mirada honda, despersonalizado en el uniforme, en la fila de uniformes uno al lado del otro, de agentes del Estado hombro con hombro dispuestos a defender al Estado de los ciudadanos. Tenía algo que lo distinguía, un detalle mínimo a la vista: en su mano izquierda, apoyada sobre el escudo y sosteniendo junto con la derecha la cachiporra, tenía un anillo, una alianza.
¿Cómo habrá salido de su casa ese día ese policía, esposo, ciudadano? ¿Pensó esa mañana cuando se despertó que ese día le podría dar un cachiporrazo a, quizás, su vecino, su primo, su conciudadano? ¿Lo habrá pensado quizás el día en que ingresó a la academia de policía buscando un sueldo estable a falta de otro trabajo? ¿Se habrá imaginado cuando le dijo “sí” a la persona a la que ama, que algún día podría volver a su casa para encontrarla después de haberle reventado la cabeza a un díscolo del sistema opresor?
En el brillo de ese oro sólido y pulido, contrastado por la opaca y frágil carne del que lo portaba, ya se podía ver el reflejo de la turba acercándose, con pancartas, bombos, palos y cascotes para enfrentar a las cachiporras y las ithacas.

Loca Libertad
            Libertad, con mayúscula.
            Mientras se callaban las calles y sonaban los bombos y bombas, y la policía se ponía firme en la trinchera infranqueable, todavía habían transeúntes inconmovibles que deambulaban por la gran plaza-parque.
            Una señora mayor y humilde caminaba por la vereda de la plaza al encuentro de la fila policial. Unos diez pasos antes de toparse con ellos, la señora, que traía una bolsa negra quizás con sus aperos, la dejó en el suelo, se palpó el vientre, se levantó el pulóver y se bajó el pantalón jogging. La señora dobló la espalda inclinando la cabeza hacia abajo mientras bajaba el pantalón hasta los tobillos y apuntando sus blancos glúteos hacia los uniformados eyectó una chirriante descarga de orín.
            En ese momento en el lugar habían alrededor de quince reporteros gráficos, unos cinco empleados de la Casa de la Memoria parados al abrigo de la parada de colectivos deliberando sobre la protesta que se avecinaba y el accionar policíaco. Lo mismo hacían algunos tertulianos del bar de la Casa de las Culturas mientras saboreaban un expreso.
            Ninguno, ni los policías, ni los reporteros, ni los empleados o los comensales se inmutaron. ¿Por qué habrían de hacerlo? La Libertad es libre.
La descarga de la señora no habrá durado más de diez segundos. Concluyó y se subió el pantalón nuevamente, se bajó el pulóver, tomó de nuevo su bolsa y volvió por donde había venido.
Fue simple, quizás inconciente, pero todo un acto de transgresión. Lo hizo exactamente en frente del cordón policial, en sus narices. Allí quedó, sobre las lajas de la vereda, la mancha húmeda y vaporosa de la rebeldía. Unas horas más tarde, en esas inmediaciones, habría sangre de manifestantes y uniformados, producto del tumulto, la agresión y la represión. Pero esa viejita fue la única verdaderamente libre, (des)alienada.

“Que se vayes”
            La protesta fue movilizada por la “Multisectorial”, que es como se conoce a la agrupación de sindicatos, partidos y organizaciones sociales que aglutina los reclamos en contra de la política del actual Gobierno. La heterogeneidad de la agrupación es tanta como la diversidad de reclamos que levantan.
            Desde un principio no fue difícil notar a las dos grandes facciones que componían la masa manifestante: la de los empleados estatales con UPCP a la cabeza, y la de los pueblos originarios Qom y Wichí. La manifestación era una sola, pero los reclamos eran varios. Por un lado, los estatales al mando de un equipo de sonido insistieron en que no se suba a la plaza, que se permanezca en la calle, ya que la plaza calificaba como espacio público y era factible que ser desalojable. Pero la masa de los pueblos originarios, venidos en colectivos de distintos lugares del interior más profundo del Chaco, no oyeron este pedido y avanzaron por la plaza con la intención de rodear el cordón policial. Se toparon con la rápida movilización de la policía montada, que formó un arco de contención a un costado de la estatua del General San Martín.
Un acto se desarrollaba en la calle, con camión de sonido y palco improvisado; el discurso: salarios dignos con un aumento realista, mejores condiciones de trabajo, detener la inflación, etcétera. Otro acto era en la plaza, con un megáfono: los originarios pidieron que dejen de matarlos, que no los echen más de sus tierras, que no las vendan a extranjeros, que los atiendan, los curen. Denunciaron cinco siglos de genocidio, a veces directo y otras, como ahora, encubierto.
Un referente de la comunidad Qom de Juan José Castelli fue conciso –en su tosco español que, como queda claro, no es su lengua materna: “Si no saben gobernar, que se vayes”.
- Policías, gobierno del Chaco, diputados, somos originarios: 522 años de opresión de todos los gobernantes en este Chaco. Hemos sofrido. Cuando estaban los militares, cuántos compañeros que han muerto y hoy vuelve este gobierno, quiere matar a los pueblos originarios. Hay una política oculta que tiene este gobierno. Si él no sabe gobernar que se vaye. Que se vaye este gobierno. Nosotros no vamos a enfrentar porque ustedes están en poder, ustedes tienen su vida, pero los indígenas no tienen, somos pobres. Somos los últimos pobres de la Argentina. Este 522 años, cuando se fue Capitanich fue firmado un convenio con los árabes, para entregar más de 120.000 hectáreas para los árabes. Por eso, acá están los pueblos, la frontera de Chaco. Porque aquí están oro, por eso los gobernantes quieren que se terminen los originarios, eso es que no queremos. No permitimos. Señor gobernador de la provincia, basta de presiones. Y acá, este gobierno del corazón [Nota: un corazón rojo fue el símbolo de campaña del actual gobierno], son faraones. Quieren que los pobres se arrodilla a la política de él pero nosotros no, debemos recuperar lo que nosotros perdemos. No tenemos aguas, no tenemos montes, fue entregado todos. Entregado todo a los terratenientes, nuestra tierra, nuestro territorio. Por eso venimos acá, nosotros no vamos pelear con ustedes, queremos una solución. Y si no tienen solución, ¡que se retire este gobiernos! Todo el pueblo del Chaco, acá estamos los trabajadores. En la zona del impenetrable no hay salud, no hay ni jeringas, los hermanos están sufriendo, no están dando la polentas, solamente agua. Eso es lo que quiere el gobernador, para que nos vayemos, para que los sojeros que vengas. Ese el que quiere el gobierno. Pero nosotros no, no permitimos, más vale que se vaye él si no sabe gobernar. Quiero un diputado que venga acá, tienen que hacer algo los diputados, porque cuando hay política se van donde están los pobreríos y hoy los diputados tienen que estar en esta plaza. ¡Que se vaye este gobierno!.
La Multisectorial pedía a altavoz que no se suba a la plaza, la intención no era confrontar con la policía, no era buscar pleito, perecería. Aún así, hubo manifestantes de los pueblos originarios con cascotes y palos, sosteniéndolos a sus espaldas mientras avanzaban a ceño fruncido en dirección a la montada. Un adolescente con rasgos indígenas, de buzo con capucha, sostenía un palo entre las manos. Estaba parado junto al referente Qom mientras daba su enfático discurso, megáfono en mano. El joven tenía la mirada totalmente perdida. La boca entreabierta, babeante, cada tanto esbozaba un atisbo de sonrisa y se bamboleaba de un lado al otro.
En otro de los discursos, otro referente de los pueblos originarios fue flagrante:
- Esto gobernador, le puedo decir, es traficante de drogas la policía, que usted le manda para que usted vende la droga en la capital de Chaco.
Junto al hambre, la sed y las epidemias de enfermedades infectocontagiosas, los estupefacientes se suman a este cocktail de vejaciones a la dignidad de un pueblo, que con la indiferencia del Estado y de la sociedad terminan de coronar el sostenido genocidio que ya lleva 522 años. Los indios no solo son pobres, excluidos, vilipendiados, ahora también los jóvenes se drogan. Los ancianos piden ayuda: no quieren que les pase eso a sus hijos, a sus descendientes, a las semillas de su identidad histórica; y la respuesta que obtienen es más represión sistémica, simbólica y material, exclusiva. La miseria humana del neoliberalismo en su máxima expresión.

El chicle de la patria
            No, no el cliché: el chicle.
            El cordón de infantería de la policía del Chaco iba desde la vereda de la Casa de las Culturas, atravesaba la calle Alvear, subía a la plaza hasta unos 20 metros antes de la estatua ecuestre del General San Martín, en el centro. Entre esta y los policías de a pie, completaban la formación un arco de policías a caballo.
Los aperos de estos, por cierto, se correspondían más a los de la labor rural que a los de una fuerza del orden. Agrupaciones tradicionalistas tenían más uniformidad y presencia que los de la montada del Chaco. Algunas riendas eran de cuero, otras de nylon. Algunas monturas de gomaespuma de colchoneta, otras forradas, pocas verdaderamente apropiadas. Poca prolijidad para una división de una fuerza del orden.
Detrás de la formación, sobre la calle y frente a la Casa de las Culturas, un camión hidrante preparado para lavar a presión los motivos de la protesta. Por un costado del camión chorreaba un hilo de agua, una fuga que discurría por el asfalto hasta la cuneta y se esparcía por ella. En el Impenetrable, de donde venían muchos de los Qom y Wichís que se manifestaban a escasos 50 metros del camión, ese hilo de agua vale oro. En el interior del Chaco, donde el acueducto no llega más que en forma de eterna promesa, denuncian que la falta de agua mata. En Resistencia, el gobierno dispuso miles de litros de agua para que, en caso de ser necesario, se acalle a esa denuncia.
            Entrado el mediodía, la Multisectorial se dispuso a –recién- comenzar formalmente el acto. Para ello, por el altavoz se invitó a todos a entonar el Himno Nacional Argentino.
“¡Libertad, libertad, libertad!”, “ved en trono a la noble igualdad”, “al gran pueblo argentino ¡salud!”. Solo un par de policías comenzaron a cantarlo. Ante la falta de acompañamiento de sus compañeros, al cuarto verso se callaron. Una espiral de silencio obró sobre los uniformados. La solemnidad de sus rostros impasibles debiera competir con la solemnidad de las estrofas del himno, quizás, pero no había chance: al menos ocho de cada diez policías mascaban chicle. Lo mascaban desde antes, sí, pero incluso en el momento en que sonaba el himno, la canción patria, esa que juraron defender, esa que cantaban en ese preciso momento y frente a sus narices aquellos que pedían dignidad, aquellos a los que momentos después harían sentir la solidez de sus bastones.
            El cordón policial tenía a sus espaldas a la Casa de Gobierno. Le ponía sus pechos a los ciudadanos disconformes, que peticionaban y protestaban, que querían llegar a la casa pública. En el centro de la plaza, la estatua de San Martín, el padre de la Patria, rodeada en su base por aborígenes, el origen de la patria. San Martín, en vida, marcó un camino; su estatua, allí, apuntaba hacia la Casa de Gobierno. Casualidad.
            Es un cliché decir “patria” con solemnidad como símbolo de unión de un pueblo, de sus valores, de sus principios. Pero el símbolo para algunos se había vuelto chicle: elástico, absorbido en su esencia a mordiscos y finalmente escupido y pisoteado.


El testimonio se correspondió con las horas previas al brutal desenlace. Alrededor de las 13, junto a mi amigo decidimos abandonar el lugar, con recelos sí, para continuar con otras tareas que nos apremiaban. No muchos minutos después la manifestación fue fuertemente reprimida en la plaza 25 de Mayo de Resistencia, con balas de goma -y de las otras, denuncian-, gases lacrimógenos y agua a presión. El saldo de la faena fue de más de 12 detenidos, al menos 50 heridos, entre otras amarguras. Fue noticia. 

© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

01 mayo 2014

¡Leelo como si lo tuvieras en las manos!

Cuentos pasajeros y otros (obra prima)


Cuentos pasajeros y otos

© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

27 abril 2014

Charque, riqueza nuestra



El charque es una carne salada y seca, y es la forma más común de conservar la carne en las zonas rurales del litoral, muy vigente aún en la costa Uruguay de Corrientes. 

El proceso mediante el cual se obtiene, el "charqueo", consiste en lonjear una pieza carne -vacuna generalmente- para luego salar las fetas y extenderlas para su curación. Las fetas o paños no superan los 10 milímetros de espesor, y se componen de carne y grasa. La saladura se puede dar extendiendo los paños de carne sobre una mesa, añadirle sal gruesa capa por capa, armando una pila; o bien sumergiendo los paños en una batea con salmuera. Luego se extienden en un tendalero de dos hilos -para una mejor aireación- y permanecen así por lo menos un día. Se buscan los días secos y soleados para su elaboración. 

Una vez curada la carne, que se torna de un color marrón oscuro casi negro, se guardan las piezas en un lugar oscuro y al resguardo de la humedad, como en una fiambrera o en cajones de madera. 

Otra variante para elaborarlo, prácticamente en desuso, es más propia de las tropas y campañas alejadas. Consistía en hacer los paños de carne y extenderlos sobre el lomo del caballo, para luego cubrirlos con los aperos de la montura. A lo largo del viaje, del traslado de la tropa, el sudor del caballo se encargaba de la salazón y del proceso de curación. 



Pieza de charque lista para ser picada. En otras regiones también se lo llama "charqui", y es muy similar a la "carne de sol". 


El charque es ingrediente principal de una variedad de platos y el más típico es el guiso de charque, preparado con arroz y preferentemente mandioca. Para prepararlo, se pica el charque en trozos pequeños, de menos de un centímetro por lado, y se sumergen en agua tibia para rehidratarlo y quitarle el exceso de sal. Este procedimiento se hace con al menos una hora de antelación y se repite el escurrimiento y lavado al menos un par de veces antes de echar el charque picado a la olla para guisarlo. 

Si bien el guiso de arroz es el más común, también puede acompañar guisos de harina de maíz, polenta o harina de trigo -mbaipy-, de fideos, o revueltos. Otra preparación tradicional es la "chastaca" o "chatasca", un revuelto hecho con charque desmenuzado a mortero y verdeo. 
El guiso de arroz y charque puede ser acompañado con unos huevos fritos por encima del plato. 

También, por supuesto, el charque se puede consumir solo, sin otra elaboración más que la de la propia conservación de la carne. Se puede cortar una tira de charque y mascarla como aperitivo o tentempié mientras se realizan las diversas faenas propias del ámbito rural. 


Guiso de charque, con arroz y mandioca, acompañado de un huevo frito. 


El charque, tanto por su proceso de elaboración y las preparaciones que con él se hacen, tiene connotaciones que exceden a la gastronomía de esta parte del país. Se produce aquí una transmutación lingüística del charque y su entorno al contexto social. El verbo "charquear", el charque como adjetivo al igual que el participio "charqueado" son utilizados para describir distintas cuestiones y circunstancias cotidianas. 

Charquear se puede referir tanto al proceso de elaboración de este producto como a la acción de criticar o difamar a alguien, por proximidad al término "cuerear" o "sacar el cuero", ya que el charque guarda similitud con el cuero curtido, usado en la elaboración de prendas y artefactos. También, por la misma proximidad, charquear se suele usar para describir el azote de los mosquitos y otros insectos hematófagos, que atacan y magullan el "cuero" de sus víctimas. Charqueado, por consiguiente, queda el cuero de la víctima de las picaduras. Mientras, "charque" como calificativo puede referirse a una persona no muy agraciada en cuanto a belleza. Por ser un producto disecado, se caracteriza por ser duro de roer -si no está hidratado-, por lo que también se usa como comparativo de dureza y sus connotaciones, entre ellas la tacañería. Una persona amarrete, por ejemplo, puede considerarse "más dura que charque de mono", "...de mondongo", "...de suela", etcétera. 

Su sabor particular, su elaboración, su uso, su inserción en la idiosincrasia local, hacen del charque un elemento de una riquza única para la cultura correntina, al que habría que ponerlo oficialmente en valor y darle la difusión y el fomento que merece.



*El guiso de charque con huevo frito es plato característico de mi abuela, propio de malcriación.



© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

16 marzo 2014

¡Che Alvear se hizo carne! O mejor dicho, papel. Así es, algunos de los mejores (?) textos que engalaron y engalanan este blog fueron a prensa, editados por el mismísimo autor, y hoy forman parte de un libro.

En este post de Taringa pueden ver el paso a paso de esta experiencia 
http://www.taringa.net/posts/hazlo-tu-mismo/17651651/Hice-un-libro-y-te-lo-muestro.html

Y aquí pueden descargar el propio bicho pero en .pdf 
http://http//es.scribd.com/doc/212550578/Cuentos-pasajeros-y-otros-DIEGO-PETRUSZYNSKI

Gracias por pasar siempre por acá y alentar, aunque sea con sus silencios, estas ganas de transmitir. Se lo dedico a la humanidad toda (mirá si me voy a achicar). Saludos a todos!

© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

11 marzo 2014

El ciclo de la información: 
El periodista primero la consume, la mastica, la saborea, la deglute. La información se procesa, se digiere, se extrae lo mejor de ella, hasta que después de un rato hay un producto que está pidiendo para salir -producto, de un gran esfuerzo-. Es allí donde entra en juego el papel.
Entonces llega el momento en que se la puede revisar, observar minuciosamente, buscar el detalle; pero al final se la tira. Enseguida se nota que es efímera: al fin y al cabo padece de vejez inmediata.
Al día siguiente sucederá lo mismo. Pero chake, ¡menuda preocupación si un día no sucede! Aunque algunos la califican de desagradable, surge de un proceso totalmente natural, ergo, saludable. A cuidar el olfato -periodístico- y a no huirle al mal olor, que peor es no enterarse.


© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI
Vivir en la ilegalidad

Cuando pagamos por una revista, un diario, un libro, ese valor no sólo cubre el costo material del producto, sino que un cierto porcentaje corresponde a los derechos del autor. Es decir, cada obra-invento que se vende legalmente, es lucro para quien lo creó y/o lo distribuye. Esta regla básica del mercado no excluye al software.
Sin embargo, en Argentina (como en la mayoría de los países en vías de desarrollo), la piratería informática está a la orden del día, y al parecer, no nos molesta. Quizás no nos parezca tan inmoral utilizar, consumir, productos protegidos por derechos de autor pero que han sido oportunamente pirateados mediante copia, modificación y/o distribución ilegal.
El software privativo por excelencia es el sistema operativo Windows, de la empresa estadounidense Microsoft, propiedad de Bill Gates (empresario que llegó a ser el hombre más rico del mundo a finales de los años 1990 y principios del 2000).
Windows, y la gran variedad de software producido por Microsoft, encabezan la lista de software pirateado. Es muy probable que la PC que usted utiliza en su casa cuente un Windows ilegal, o más de un programa o aplicación en estas circunstancias.
Pero, si el software privativo no es la única alternativa, ¿por qué lo seguimos utilizando? Porque desde el comienzo mismo de la informática personal, cuando la computadora casera era un mero hobby, ya existía el software colaborativo, que más tarde devino en lo que hoy conocemos como software libre o licencia GNU/GPL.
Si contamos con esmerados productos que son totalmente libres para utilizar, copiar, modificar, distribuir, que son de excelente calidad y brindan las mismas o superiores prestaciones con respecto a ciertos softwares privativos, la pregunta surge nuevamente ¿por qué seguimos usando estos últimos? Y la respuesta es fácil: por comodidad.
Salvo algunas muy pocas excepciones (que desconozco, pero intuyo), en la mayoría de los ámbitos donde se utilice o se enseñe computación, este término es totalmente indisociable de las palabras Windows, Word, Internet Explorer, Microsoft y similares. Son todas palabras que refieren a software privativo, es decir, que se venden bajo una licencia o contrato de utilización.
Si usted compra un libro, una novela, un cuento ¿debe pedirle autorización al autor para prestárselo a su vecino? Y si usted quiere resaltar pasajes del texto con un fibrón, ¿puede hacerlo o debe pedir autorización? No, no tiene por qué hacerlo, porque desde el momento en que usted lo adquiere, ese producto es suyo.
Obviamente no puede copiar y atribuirse la autoría de esa obra, eso es ilegal. Pero el software de licencia GNU/GPL es libre de copia, modificación y distribución. O sea, que usted puede tomar un programa de software libre, modificarlo, agregar su nombre a la lista de autores, traducirlo, mejorarlo, copiarlo en un CD o cualquier otro medio o soporte, o transmitirlo vía internet, y regalárselo a quien usted quiera, sin ningún prejuicio para el autor original.
Quienes se encuadran en la filosofía del software libre, no tienen por objeto el lucro, ni mucho menos la dominación del usuario por parte de un código cerrado y privativo. Esta filosofía promueve la solidaridad y la humildad, pues se considera que quien tenga aptitudes como para mejorar nuestra obra, puede hacerlo perfectamente y distribuirla bajo su nombre, siempre respetando y señalando la procedencia del producto original, por una cuestión de honor meramente.
El software libre es moralmente correcto. No se piratea, se comparte de corazón y sin restricciones. El software privativo promueve el individualismo y lucra con la falsa venta de productos, que en realidad no pertenecen por completo al usuario, sino que la empresa que lo codificó se guarda la llave para retocar, modificar o arreglar el software.
Los usuarios de software libre tenemos la conciencia limpia, no robamos a nadie. Usted, ¿está regla con la ley?


© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

10 marzo 2014

Génesis

Cierto día el Señor percibió su existencia un tanto pululante por un éter de rancio aroma, y recordó viejos tiempos, los primeros, cuando libró su gran gesta fundacional del cosmos y el edén. Entonces, sintió el Señor deseos de volver a experimentar el placer de aquel poder creador, aunque sólo sea para afinar el extremo de una banal y fuitiva insistencia. Se dispuso el Señor a pesquisar un sitio impoluto, digno de ser impregnado por su toque, así como el consagrado escultor busca un puñado de barro para moldear una delicada figurilla. El Señor halló en buena hora un lugar, lo recorrió con todos sus sentidos en todas sus dimensiones, y lo calificó de muy bueno. Allí se dispuso pues a separar las aguas mansas y cristalinas de las turbias y presurosas; a las primeras llamó Aguapey, y a las segundas Uruguay. Separó las tierras en grandes masas, las rojizas al norte y las negruzcas al sur, y allí en el lugar hallado formó la frontera, marmolada, e incluyó también blancas arenas y áureas arcillas. Propició el sitio para que el verde predomine en el paisaje, desde el raz hasta en las alturas con frondosos árboles, y tomando al arcoiris lo tomó y lo convirtió en coloridas y variadas flores y frutos. El Señor se detuvo por un momento, buscó perspectiva, observó lo que venía haciendo y le pareció bueno. Entonces decidió poblar aquel nuevo edén con seres andantes; comenzó por los más libres, las aves, y no escatimó en ellas. Pero abundó también en otras tantas especies, de insectos a peces, que hasta le dio al lugar roedores de los más grandes jamás creados, entre otras maravillas. El Señor volvió a observar lo que había hecho y le pareció aún mejor que antes. Finalmente el Señor decidió que ese lugar era apropiado para que lo habiten seres a su imagen y semejanza, y les permitió a ellos allí afincarse, con sus pertrechos y sus costumbres. Pero a estos seres los hechizó, les impuso el deseo de volver siempre a ese sitio cada vez que se alejaran. Volvió a observar el señor, por tercera vez, lo que había hecho, y sintió que era suficientemente bueno, se sintió satisfecho. Los que por gracia de él a ese sitio llegaron, lo conocen como Alvear, pero no todos estaban al tanto, ahora sí, de que en realidad es una obra divina en la Tierra, inspirada en el paraíso mismo.

© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI


Qué habrán visto tus ojos, señora, qué habrán visto. Qué sustos habrán desteñido esos cabellos, qué historias habrán ajado esa piel, qué pasado indecible llevas en tus labios, qué pasado. Tanto cielo en tus ojos, cielo que alguna vez no te dejaron ver, que te arrancaron junto con tu futuro, qué futuro. Pero cuánta esperanza anida en lo hondo de tu mirada, cuánta candidez esboza la sencillez de tu sonrisa, siempre buena con tu andar cansino, eterno, pensativo y amable. Loca te decimos sin saber, pero loca te decimos con cariño, loca linda, Amalia, personaje, historia viva de mi Alvear.

*Amalia Figueredo, alvearense, estudiante sobresaliente de Ciencias Económicas de la UNNE, fue secuestrada y torturada por un grupo comando durante la última dictadura militar. Sobrevivió. Su hermano Raúl corrió otra suerte: es uno más de los detenidos/desaparecidos de la historia argentina reciente.


© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

Viajar viajando



Todo viaje comienza en la mente: entre pensar en lo mínimo e indispensable, preparar los menesteres necesarios, prever situaciones, desear situaciones, planificar la ruta, intuir experiencias, desafiar peligros, enfrentar desafíos, respirar aventura, sentir paso a paso lo que todavía no sucedió -y quizás nunca suceda- para finalmente darse cuenta de que todo estará librado al azar... Poder imaginarse todo eso sin siquiera moverse del lugar significa que el viaje ya comenzó. Lástima que la mayoría de las veces, allí donde comenzó, terminó. Ese mundo recorrido, visto con los ojos cerrados, nunca fue sentido con las manos, nunca fue real. Pero a no decaer, a fin de cuentas la imaginación es la más barata y a veces satisfactoria agencia de viajes; lo importante es que el espíritu de salir a conocer, la curiosidad, está allí, escondido detrás de los ojos. Es cuestión de incentivarlo a que pierda la timidez, abandone su escondite, a que salga, corra y grite "¡piedra libre!". Puede ser hoy, ya mismo, como mañana, el mes que viene o dentro de diez lustros. Mientras, a seguir imaginando. ¡Salud, viajeros imaginarios!

© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

01 marzo 2014

Nos pasa a todos.

Recuerdo haberla visto por primera vez sentada en un banco de la parada de en frente, esperando su transporte. De más está decir que era hermosa. La postura recta, gallarda, las manos juntas entre las rodillas, la mirada hacia un costado, mentón levemente alzado, sonrisa discreta constante; la mirada lejana pero atenta, cautivante en su conjunto. Un día la vi vestida de celeste, otro día de verde claro, pero evidentemente el beige era su color preferido. Era perfecta, demasiado, tanto que me intimidaba. La sentía tan lejana e inalcanzable. Día tras día, durante semanas, la veía y la contemplaba, intentaba convencerme de que no era de otro mundo, que no cayó del cielo, que era terrenal. Pero no podía, no podía creer que una criatura tan delicada pudiera coexistir con nosotros, simples mortales. Me faltaban evidencias para hacerlo. Más semanas y hasta meses me pasé así, mirándola de lejos, elucubrando. Hasta que un día, un día inusualmente caluroso de otoño, recuerdo, en mi habitual contemplación de cinco o diez minutos que compartíamos de espera noté un particular movimiento que me llevó a entender todo de golpe. De repente una bendición en forma de viento le acarició el rostro dibujándole olas en los cabellos. Con una elegancia admirable, realmente, sentada como siempre con las manos entre las rodillas, ella se inclinó levemente hacia un costado, extendió un poco más el cuello, la sonrisa se le apretó apenas acompañada de un gentil parpadeo, para enseguida acomodarse de nuevo a la posición anterior en relajado retorno. Jamás imaginé tal galanura y delicadeza para -¿echar?, no- ofrendar al éter una flatulencia. Un profano y mundanal gas. Prueba suficiente de que, como deseaba, estaba yo equivocado y sí, ella era de este mundo. Así fue como me acerqué a hablarle, por primera vez, y ese fin de semana compartimos unos mates con anís mientras hablamos... cosas sin importancia.

© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

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