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27 enero 2014

Es que aguardo tu ánimo


Yo cobarde, vil calumnia. ¿Yo, cobarde, por no hablarte? A todos ya he hablado de ti. A todos les he descripto tu sonrisa, con todos comenté tu dulzura, para todos diserté mis percepciones, idealistas, sobre ti. Todos ya lo saben, todos están al tanto. Y me dicen a mí, cobarde, por no hablarte. Te admiro, y al mundo no le basta. A mí tampoco, por cierto. Pero la espera ya no me atormenta. E insisto, ya todos lo saben. ¿Acaso tú no? ¿Acaso no llegaron infidencias a tus oídos? ¿Por qué te aferras en aparentarte desentendida? Y el cobarde soy yo por no hablarte. ¡Tú seguro ya lo sabes, y  tampoco así me hablas! ¿Cobarde, yo? ¡Cobarde tú! Cobarde nosotros. ¿Has visto? «Nosotros».

© 2014 DIEGO PETRUSZYNSKI

08 enero 2014

La dicotomía entre asumirse y que te asuman..

Dicen los que hablan, que en cierta oficina de un funcionario elegido por el pueblo, ocurrió una confusión. El funcionario, que luego de cuatro años de fungir como secretario de primera línea fue adjudicado, digitocracia popular mediante, con la misión de desempañar el más alto cargo del pueblo. Su gran elector, mentor, ascendido a legislador, lo sigue asesorando. He aquí, que cierta vecina del pueblo acudió al ahora funcionario electo, heredero, a gestionar unos trámites dadivosos, como es común en los pueblos donde el esfuerzo y las oportunidades de ejercerlo escasean. Resulta que el funcionario, muy atento y condescendiente, escuchó la perorata de la vecina entusiasmado; voluntad que se juega, voluntad que se puede ganar. Pero la respuesta del funcionario desconcertó a la necesitada vecina: "Ahora cuando venga él, le voy a decir", "Cuando él venga lo vamos a solucionar", "Él no va a tener ningún problema, yo mismo le voy a hablar", siempre en referencia a su mentor, que ya no ejerce más la función que ejercía, sino otra, de otro rango y de otras atribuciones. La secretaria privada del funcionario, ese que antes era secretario del gabinete del que ahora es legislador, escuchaba apavorada el intercambio desde el pasillo del despacho. Cuando la vecina se retiró, un tanto confundida, después de la despedida amable y la promesa de gestión, la secretaria del exsecretario, actual funcionario, entró al despacho. La sonrisa estampada del funcionario, de oreja a oreja -gran sonrisa, por cierto- se enturbió cuando la secretaria se acercó y con discreción le recordó: "Vos sos ahora, no él". Sin querer poner en duda la animalidad política -siendo 'animal político' una expresión común hoy en día para referirse a los políticos de tesón y experiencia- del novel funcionario, el suceso lo lleva a uno a preguntarse: ¿qué lleva al pueblo a hacer asumir a alguien que no se asume a sí mismo? Aunque, para no hacer de un charco un lago, el furcio quizás fue solo parte de los gajes de un novato que esperaba dientes y ligó pan. Dicen, los que hablan, deportistas del trascendido.

© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

10 diciembre 2013

De policías y protestas

Medir la pertinencia de un reclamo no es fácil, pasa más por el ojo del mensurador que por el fiel. Cada uno tiene sus motivos, para reclamar y para achacar ese reclamo, cada uno tiene su propia visión de qué es justo y qué no. Por eso, cuando el reclamo parte desde aquellos que deberían ser el ejemplo, el orden, la figura a seguir, el fiel mismo de la balanza, se complica aún más decidir en qué creer. Dicen que cierta vez a un comisario de un pueblo le había llegado la hora de jubilarse. Era de esos funcionarios más bien funcionales, en tiempos en que el mérito de alcanzar un cargo estaba estrictamente relacionado con la fidelidad a la divisa y casi para nada con la cantidad de luces con la que contara el aspirante. Al comisario le había llegado la hora, pero él no quería saber nada del asunto. Protestó una y otra y otra vez, estirando el trámite, hasta que en un momento tocó el final de la piola. Un delegado del Gobierno de la provincia llegó entonces a la comisaría de aquel pueblo alejado para tratar de convencer a ese hombre de la ley. Pensando que el anciano tenía temor a sentirse disminuido por pasar a ser un pasivo, el delegado comenzó procurando hacer entender al comisario de que una vez jubilado tendría tiempo libre para otras actividades de su interés. "¿Y para qué tiempo libre? ¿Si yo estoy bien así como estoy?", le respondió. Entonces, pensando que la preocupación quizás pasaba por otra cuestión, intentó hacerle entender de que su sueldo de jubilado le alcanzaría perfectamente para tener un buen pasar, lo que al fin despertó el verdadero motivo de aquella tozudez: "¿El sueldo? -preguntó el comisario- pero si el sueldo no me interesa, ¡lo que me interesa es el 'me llevo'!".


© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

01 octubre 2013

Arrancó este lunes la 2da. Feria del Libro de La Cruz.

Un verdadero lujo, evocando en cierta forma a las famosas ferias del libro que se hacían en Alvear hace más de 20 años.

Salud a los hermanos cruceños, felicitaciones y a seguir por más!

Fotos en Facebook: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10201133901603198.1073741839.1039227302&type=1

© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

26 agosto 2013


El Alonzón

Cuenta la leyenda, que los jueves de luna llena surge un ser abominable: el Alonzón. De contextura pequeñita, en términos humanos, este bípedo muta involuntariamente y atemoriza los aires. Sus finas plumas viran gruesos vellos, las patas se le hacen garras y el piquito se convierte en hocico, con dos grandes pares de colmillos que le desbalancean el peso del cuerpo hacia adelante -cuando se echa en picada no hay marcha atrás-. Los ojos le brillan como un tizón soplado y no pía, gruñe, un gruñido ronco que se confunde con el silbido de tacuaritas que lo atosigan y revolotean a su alrededor, anunciando su presencia. Vuela tosco, saltando de poste en poste, irrumpiendo en las viviendas de sus vecinos que, como se sabe, carecen de puertas. No se sabe bien si es autóctona la leyenda o la trajeron los inmigrantes gorriones, pero en lo alto, por las dudas, evitan mencionar su nombre cuando la noche se alumbra de blanco intenso y el fin de semana está cerca. Credulidad o tradición, pajarito que se precie vuela cauteloso, y no dice "Hornero-lobo" en voz alta. Los viernes la cosa ya es otra, el peligro no está en los aires sino en la tierra, y los que temen no vuelan, porque son gallinas.


*Foto: Poste en esquina de Rodríguez Peña y General Paz, Alvear.-


© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

21 agosto 2013

Entre Itaquí y Alvear

  • "Parceria de João Sampaio, Diego Müller e Elton Saldanha, interpretada por Daniel Torres. Itaqui (Brasil) e Alvear (Argentina), duas cidades fronteiriças, separadas pelo Rio Uruguai mas unidas por suas tradições, vocações e amizades"

"Parceria" de João Sampaio, Diego Müller y Elton Saldanha, interpretada por Daniel Torres. Itaqui (Brasil) y Alvear (Argentina), dos ciudades fronterizas, separadas por el Río Uruguay pero unidas por sus tradiciones, vocaciones e amistades.



 © 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

03 agosto 2013

CAÑÓN FREEGATE

El capitán presintió algo extraño, el aire estaba cargado de miradas quién sabe de qué lados. El acantilado se extendía quince kilómetro isla adentro, ya habían recorrido la mitad y el escape hacia la playa se hacía cada vez menos factible en caso de emboscada.
Siete metros de roca se alzaban a sus costados, paredones infranqueables. Los únicos caminos eran hacia atrás o hacia adelanto, por el sinuoso lecho del cañón, de metro y medio de estrechez, aunque seco en esa época del año.
De repente frente a ellos los paredones se torcieron bruscamente a la derecha en una curva de sifón que no dejaba ver qué había más allá. El capitán supo que la vida de sus quince hombres dependía de él tanto como su reputación. Alzó la mano a la altura del hombro, el lorito se echó hacia adelante buscando una galleta en su mano pero lo único que se comió fue el amague: el capitán hizo una señal de alto. Miró de reojo, con su ojo bueno, al primer oficial a su derecha. Este le respondió con otra mirada igual de encriptada, también con su ojo bueno. El capitán sabía que entrar a la curva con sus quince hombres era demasiado riesgoso, y sabía también que esta podía ser la tan ansiada oportunidad para deshacerse de su molesto primer oficial, ese irlandés abstemio que tanta repulsión le había causado con sus constantes insistencias de desinfectar la cuba de cubierta después de la peste que diezmó esa otrora gloriosa tripulación de setecientos.
Tres minutos de suspenso se perdieron hasta que el capitán terminó de reflexionar todo ese rencor con el ceño cincurflejo, hasta que se despabiló con el alarido de un zorzal que fue asestado de un certero gomerazo por parte de un marinero raso. Fueron poco menos de seis metros de trayectoria para la piedra que le invirtió el pico al plumífero apostado en el borde del barranco.
-Capitán, qué será de nuestra suerte -preguntó el primer oficial.
-Ve a echar un ojo -le replicó el otro.
El primer oficial resopló indignado, giró la cabeza hacia atrás y no vio más que pavor, viró hacia el frente otra vez y exhaló un bramido a medio pulmón. Movió el pie derecho, el bueno, en un primer paso sigiloso... Cuatro pasos más adelante y a mitad de la curva se detuvo, se quitó el ojo malo, lo acarició con la yema del pulgar de su mano izquierda -la buena-, lo miró detenidamente. Recordó aquella vez en Tortuga, cuando en unos festejos de año nuevo una esquirla de botella le alcanzó la vista producto de una cañita voladora mal colocada. Se rascó el pómulo derecho con el garfio, se agachó apoyando la rodilla izquierda, finamente tallada con escenas náuticas. Acomodó su ojo sobre el índice arqueado hacia la palma, el pulgar engatillado detrás del mayor, contuvo la respiración y lanzó el ojazo rastrero con tal destreza que el efecto lo hizo perpetrarse por lo que quedaba de la curva.
-¡Última a la de veras! -se oyó un grito estridente del otro lado.
-¡Arreje no le doy! -Respondió el primer oficial, arriesgándose a lo peor, a que le trinquen su punto.
El eco del intercambio se disolvió enseguida en la inmensidad del cañón, el eje del universo se posicionó en esa curva y hasta el viento se calló para dar paso al suspenso. Un estruendo vítreo cortó de repente el momento y el primer oficial sintió su temor materializarse. Una lágrima errante se fugó por la órbita vacía de su cráneo y sin gemir se puso de pie y lanzó una carrera por donde había venido, cruzando por entre sus compañeros al grito de:
-¡Son hostiles!
El capitán vio la patética escena desarrollarse frente a su vista (la del ojo bueno) y de inmediato mandó su mano buena a la espalda baja para tantear la horqueta.
-¡Preparen hondas! -bramó el capitán. Desde que tuvieron que entregar sus fusiles y trabucos luego de no poder cubrir la hipoteca con el Banco de Londres, sólo piedras les quedaban para proyectiles.
Sus catorce hombres apenas se perturbaron, ya a trescientos metros del lugar rumbo a la playa, confundidos por el ruido y la polvareda de la estampida que retumbaba entre los acantilados.
El capitán se tomó la barbilla y asintió resignado por la cobardía de sus hombres. Jamás pensó recibir semejante traición de su tripulación desde que se puso al frente de ella tras el motín que encabezó para deponer al capitán McMillan.
Extrajo su honda de debajo del cinturón, tomó una canica de su bolsillo, cargó el arma, extendió el elástico hasta que escuchó los agudos estralidos de la goma tensionada y aguardó.
Aguardó, aguardó la llegado del impío y se prometió:
-En el izquierdo, ahí se la voy a poner. Que le quede el derecho bueno, para que vea -y sintió cómo la adrenalina le estallaba en los oídos y le quemaba las tripas. Semejante valor no se había visto ni se vería de nuevo en ese acantilado, semejante epopeya no sería dejada a un lado en los anales del anecdotario bucanero.
La leyenda del capitán Freegate quedó en la memoria de sus antiguos subordinados que, sin embargo, jamás se preocuparon por saber qué fue de su suerte.

© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI


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A M.R.D., un abrazo compoblano..!

11 julio 2013



No se puede vivir con miedo


Debo confesarlo, tengo un hobby: hacer barquitos con los boletos de colectivo. Para no tirarlos, más que nada; las grandes colecciones de arte y las vizcacheras comparten esa causa. Muchos ya lo sabían, y hasta tengo amigos -una insipiente red- que me juntan boletos para alimentar este pasatiempo. Lo hago desde hace poco más de un año, desde que empecé a manejarme asiduamente en colectivo y, dicho sea de paso, en todo este tiempo no recuerdo, aún haciendo mucho esfuerzo, no más de 5 veces (con un 20% de margen de error) en que haya subido un inspector para picarme el boleto. Por prudencia, evitaba hacer barquitos mientras viajaba con los boletos recién sacados. Como siempre suelo tener boletos sin doblar en la mochila, hago barquitos con esos y el del viaje en curso lo guardo recién cuando me bajo, para el próximo viaje -o momento que amerite barquito-. Pero, hace unos días venía cavilando que, conforme a las estadísticas, ¿qué posibilidades habría de que justo el día que se me ocurra hacer un barquito con el boleto del viaje en curso, suba el inspector? Muy pocas. Tenté al destino un par de días, viajé sin respaldo de boletos viejos, soportando la abstinencia de no usar el único que tenía entre dedos, solo lo doblaba por la mitad y vigilaba, afilaba el doblez con las uñas y seguía vigilando, temerario, como esperando comprobar si esa acción era de hecho una invocación al inspector o solo una transgresión menor. No pasaba nada. Finalmente, ayer la vanidad superó la raya y me decidí: "No se puede vivir con miedo", dije. Tres paradas antes de la mía empecé con los dobleces; gracias a la práctica adquirida, en menos de dos cuadras ya lo tenía armado y calzado cual sombrerito en el meñique derecho. Miraba por la ventanilla y al frente, entre la satisfacción y la alerta, adrenalina, dos cuadras más, hasta que en la anteúltima parada sucedió lo que Murphy hubiera predicho: subió el inspector. ¿Adrenalina dije? A desarmar el barquito, desarmar el barquito, ¡desarmar el barquito! Por suerte me había sentado casi al fondo, sobre la rueda. El inspector se acercaba, había pocos pasajeros, y el barquito que no se dejaba desdoblar; un thriller. Faltando dos pasajeros y a media cuadra de mi parada, forcé el doblez, partí la mitad del boleto pero desarmé el barquito. El inspector se afirmó frente a mí y le extendí el brazo con mi papelito medio rasgado  "Disculpe, se me rompió un poquito" le dije tímido mientras me levantaba para apurarme a tocar el timbre. Él no me dijo nada, lo tomó, lo giró dos veces, hizo un primer intento de picarlo del lado más entero pero no se perforó -con los dobleces, había perdido rigidez el papel-, lo intentó de nuevo y otra vez fracasó. ¿Para qué un agujero donde hay terrible rasgadura? Me lo devolvió con desdén, yo ya con un pie puesto en el primer escalón y el colectivo en el último metro de frenada. Chau, un barquito menos. El de más corta vida en toda mi trayectoria, el que me hizo pensar que se podía evitar lo inevitable: la yeta. Me despedí de él frente a un tacho de una plazoleta y me fui silbando La balsa, bajito y con respeto.


© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

SUAVE

Sábado, noche, garúa. Hace una semana que la humedad está al máximo y el falso veranillo de julio lo hizo salir de chomba a la calle. Espera solo el colectivo en la parada, bajo el techito, porque garúa. Cuando la máquina dobla la esquina, él se acerca más al cordón de la vereda, estira el brazo derecho con la palma hacia abajo haciéndole señas al chofer para que pare. Da vuelta la mano hacia arriba y se moja, confirma, la garúa engrosa y ya es llovizna. Sube al colectivo, “buenas noches” al chofer, paga el boleto y se sienta al medio, a la izquierda, asiento individual. No muchos pasajeros adentro, tal vez cinco o seis más; afuera la llovizna que se hace lluvia, las ventanillas embarradas borronean los faroles de la calle. Él desenfoca la vista, para hacerlo más interesante, y fija la mirada en los faroles uno a uno mientras corren en su dirección y desaparecen tras el marco de la ventanilla, sus ojos brincan de farol en farol, se entretiene. El murmullo del motor del colectivo se agrava y se agudiza con cada cambio de marcha, al igual que el crujir de las ruedas sobre el asfalto encharcado. Cada tanto una parada, se baja un pasajero, vuelve a ponerse en movimiento, pero no sube ninguno más, él fue el último y lo seguirá siendo. A unas diez cuadras antes de su parada se bajan los últimos pasajeros y quedan solos él y el chofer. Este levanta la vista -la avenida está para él solo-, pispea por el espejo grande de arriba del parabrisas, lo ve y le levanta las cejas con sutileza, él le devuelve el gesto. De repente los murmullos del motor y las ruedas pasan a un segundo plano, de un parlante de esos portátiles que lleva el chofer en su tablero, detrás del volante, la música aumenta: es Michael Jackson, Smooth criminal. Una introducción larga, ritmo que invita al movimiento, sus cabezas lo captan enseguida y en diferido empiezan a ladearse con estilo, cuando uno a la derecha el otro a la izquierda; él pone sobre el pasillo su pie derecho, talón fijo, sigue golpe a golpe el son mientras con la mano izquierda el chofer hace lo mismo sobre el volante. En el súmmum de la canción, él divisa su parada, se levanta de un salto y sin perder el ritmo da un giro de ciento ochenta, el chofer sonríe mientras lo mira por el espejo y acentúa el movimiento de la cabeza, esta vez de arriba a abajo, como afirmando que lo que ve se ve bien. Él se desliza de un solo envión por el pasillo del colectivo hasta alcanzar de un manotazo el parante de caño de la puerta trasera donde de inmediato toca el timbre. Mira hacia adelante, al espejo buscando a su cómplice, el chofer hace un solo de batería con sus dedos sobre el volante y cierra con un brusco manotazo a la palanca que abre la puerta trasera, el coche aún a gran velocidad. Él se inclina hacia adelante para ver los escalones, pero se inclina con el cuerpo recto y sin despegar los talones del piso, antigravedad. El chofer aumenta al máximo el volumen, extasiado, el vaivén de su cabeza se descontrola y hace chillar los frenos a metros de la parada. Él desde el fondo lo vuelve a buscar en el espejo, cabecea en gesto grato y da un solo salto a los tres escalones hasta alcanzar la vereda, cayendo justo en un charco. Salpica barro hacia todos lados, pero no se perturba; gira un cuarto de vuelta para otra vez hacer contacto con el chofer, esta vez a través del espejo exterior del colectivo, y se desplaza hacia atrás, caminata lunar, deslizándose sobre el barro. La lluvia cae copiosa, enseguida le empapa el cabello, la cara, pero no le borra la sonrisa de los labios ni mucho menos de los ojos. Cuando el colectivo parte, se da vuelta y sigue el camino de frente, chascando los dedos al ritmo del tema que ya se oye lejano y chapoteando a cada paso por la vereda encharcada. Es sábado, noche, llueve. Él se va a su casa para encerrarse, y aunque todavía no no era medianoche ya tuvo la cuota de disco que no pensó tener ese fin de semana.


© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

30 junio 2013

¡Arreje no le doy!





El oico, el gallito, la cafúa. "Última a la de veras", o "a la mentira", para los pichados. El que está en el ruido sabe...
La preferida, fuera del tipo que fuera, tenía nombre: "el punto". Tu punto, mi punto. Las paraguayitas eran las de uso diario, ya las lecheras eran más mezquinadas. Los boyones y los aceritos, especiales para para "trincarle" el punto al otro -maldad pura-. Después los puntones, (término medio entre bolita y boyón) y las vale 2 (más chiquitas, valían 2 por 1 en el canje normal).
Arrodillada la gurisada, con el guardapolvo arremangado; las rodillas se podían ensuciar, el guardapolvo no. El proyectil sobre la uña del dedo gordo, gatillado por el anular o el índice en forma de gancho -la técnica básica y menos avanzada-, la mano a la altura de los ojos -o los ojos a la altura de la mano, lo mismo da- un ojo cerrado y el otro en la mira: "¡tingale, tingale!" te arengaba tu compañero, o el enemigo de tu contrincante. Y yo le tingaba che, a veces... Otras le pasaba de refilón. Pero la mayoría de las veces le pifiaba lejos. Y ahí empezaba la cacería.
"¡Arreje no le doy, arreje!". Si te cantaban "Arreje..." y no te avivaste a tiempo de pedir cambio de lado, había que arriesgar o arriesgar, esté donde esté tu punto. O sino "no le arrejo", y entonces valía tirar el punto medio lejos para salvarse de una situación incómoda, o extender la agonía. Lo que se diga de entrada, "arreje" o "no le arrejo" , si se cantaba primero, no se podía retrucar.
Nunca fui bueno en ningún deporte, este no fue la excepción; pero era asiduo espectador -y entorpecedor, cómo no- de las partidas en la primaria. A veces hasta se extendían por más de un recreo, en los patios de arriba de la 123, entre las canaletas de las baldosas. ¡Y guarda que no se fueran por alguna rejilla del desagüe!
El tesoro de más de uno habrá sido una lata de bolitas. Cuántos enterraron su tesoro en el patio o en algún baldío del barrio y después se olvidaron adónde. Cuántos se gastaron sus bolitas con la onda, en desmedro de algún pajarito inocente. Las bolitas eran también moneda de curso legal, medio de canje.
Las bolitas son de esas cosas baratas, muy baratas, pero valiosas. Porque cuando uno es chico, hay cosas que tienen mucho valor. Cosas simples pero importantes, que a nuestros ojos, son tesoros.


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Y como diría el benemérito Cococho: "¡Mató punto!"

© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

21 marzo 2013


Procrastinaron.

La desconocida se sentó junto al desconocido en el colectivo. Aunque cada uno en su mundo, se radiografiaron sin mirarse ni tocarse, con solo oírse las respiraciones. La ansiedad comenzó a inundar el aire mientras el colectivo marchaba apurado, y el tiempo desenfrenado. Nadie se animaba a dar el primer paso. "¿Será ella?" se preguntaba él mirando desentendido por la ventanilla. "¿Y si le pregunto?" se indagaba ella sumida en la música de sus auriculares. Se bajaron en la misma parada y compartieron una cuadra el mismo camino hasta la bifurcación. “Capaz era ella”, susurró él, un tanto desganado aunque sin detenerse. “Mirá si era”, pensó ella, agachando la cabeza y apretando el paso. Ambos intuyeron lo mismo, que quizás nunca más se volverían a ver. Y aún a sabiendas de que la duda les carcomería la cabeza algún tiempo, se resignaron a seguir buscando, esperando, al amor de sus vidas un tiempo más. No es tan grande el mundo ni tan corta la vida como para no volver a cruzarse un día de estos, se esperanzaron, pero la reacción puede que vuelva a ser la misma: haragana y postergativa. “Ojalá no haya sido”, imploró cada uno por su lado; hasta cuándo si no, si sí. Ojalá.


© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

28 febrero 2013

SI ALCANZA, PARA MÍ.

Una niña mujer, de esas que hay tantas tristemente, se acercó a la reja del kiosco y apoyó sus delgados brazos en ella. Dos clientes la precedían y el kiosquero, risueño como siempre, conversaba efusivamente mientras atendía a uno de ellos. La niña mujer aguardó con la mirada perdida entre el colorido del anaquel de golosinas. De baja estatura, quizás porque todavía no había terminado de crecer, de contextura débil, vestía un pantaloncillo azul muy corto, una musculosa de hilo anaranjada también muy corta, sandalias plateadas con tímidos tacos. El pelo, trenzado, renegrido, y su piel tenía el extraño brillo y tonalidad del bronce añejo. Un par de aros de esos que se exhiben en mantas sobre la peatonal le adornaban las orejas. El kiosquero se acercó a la reja a entregar el pedido a uno de los clientes, ambos vociferaban en clave cómplice, carcajadas de por medio. La mujer del kiosquero apareció por el fondo a un costado y se dispuso a atender al segundo cliente mientras el kiosquero se despidió del primero y aún con la sonrisa estampada en el rostro viró hacia la niña. De reojo, observó que ella apretaba un puñado de monedas en su mano derecha, y con el tono festivo que todavía le quedaba de la conversación anterior le preguntó: “¿Sí, qué va a llevar señorita?”. La niña apenas alzó la mirada, extendió el brazo pasándole las monedas y susurró: “Tres pañales por favor”. De inmediato el rostro del kiosquero mutó, como si el pedido de la niña hubiera sido una palada de culpa sobre su sonrisa. “Cómo no”, le respondió ya más serio y giró la palma de su mano hacia arriba para que la niña le deposite las monedas. Se volteó hacia el fondo del kiosco para buscar el pedido, apenas dio dos pasos y la niña agregó: “Y un cigarrillo, si alcanza”. El tranco del kiosquero se sacudió, como si un mazaso le hubiera alcanzado la nuca; no lo tumbó sólo porque el kiosquero tiene una contextura importante, de cuerpo y de espíritu; pero sintió el golpe. Asintió con la cabeza mientras continuó hacia el estante de los pañalaes, tomó tres, giró hacia el mostrador donde estaban los cigarrillos y tomó dos. No contó las monedas, no quería saber cuánto había, aunque no parecían ser tantas sentía cómo le pesaban más de lo habitual en la mano. Embolsó los pañales y volvió hacia la reja. “Aquí tiene señorita”, le dijo mientras hacía pasar la bolsa por entre los barrotes y le pasaba los dos cigarrillos con la otra mano. La niña agradeció igual de tímida y sin levantar la mirada salió con cierto apuro perdiéndose en la oscuridad de la vereda mal iluminada. El kiosquero miró a su mujer, parpadeó cansino ambos ojos en un discreto gesto y ella apenas levantó el mentón con igual discreción, asintiendo. Él se fue hacia el fondo a un costado y salió por la misma puerta por donde había entrado su mujer. Metió la mano en el bolsillo de su camisa, sacudió un paquete de cigarrillos y extrajo uno. Tomó el encendedor del bolsillo de su pantalón y lo acercó al rostro, pero se detuvo. “Tres pañales”, susurró con el cigarrillo entre los labios y chispeó el encendedor: “...Y un cigarrillo”, agregó, y ya no tuvo coraje de encenderlo.


*Experiencia barrio, Corrientes Capital.

© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

17 enero 2013

Más producciones audiovisuales del grupo Yo Alvearense, realizadas íntegramente en Alvear.

Espero que disfruten y están todos invitados para febrero a la gran fiesta de los 150 años! Saludos

Pies (Alvear - Corrientes)

Manos (Alvear - Corrientes)


© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

06 enero 2013

Micro documental sobre el artesano alvearense Justino "Tita" Sánchez.Video realizado por el grupo de fomento Yo Alvearense




© 2013 DIEGO PETRUSZYNSKI

23 diciembre 2012

Ya se acerca el Festival Nacional del Bandoneón en Alvear, tierra del Patriarca Isaco Abitbol.

Están todos invitados!!

https://www.facebook.com/FestivalNacionalDelBandoneon



© 2012 DIEGO PETRUSZYNSKI

22 octubre 2012

Soy de alla (Chamame)

Soy de allá. 
Chamamé de Iván Romero Souza, alvearense, poeta, escritor y sociólogo (en ese orden de títulos). Interpretado Iván Romero Villamayor y Mariano Real Salas, y cantado por Alexandra Vega.
Imágenes: recopilación de videos de Yo.
Disfruten!



© 2012 DIEGO PETRUSZYNSKI

25 agosto 2012

Festival Nacional del Bandoneón

¡Se viene el Festival Nacional del Bandoneón!

Un grupo de alvearenses, entre ellos muchos jóvenes, están organizando el 1º Festival Nacional del Bandoneón, que se hará junto al 9º Festival del Patriarca, en honor a Isaco Abitbol.

Para el 4 y 5 de enero, están todos invitados a participar y a ayudar en la organización. ¿Cómo? Difundiendo esta megafiesta para los alvearenses, para el país y la región.




En Facebook, a través de la página oficial del evento https://www.facebook.com/FestivalNacionalDelBandoneon pueden darle su "me gusta" y compartir este evento que tiene que promocionarse alrededor del mundo.

El Concejo Deliberante de Alvear ya lo declaró de interés y en la Legislatura de Corrientes ya tiene media sanción el proyecto para declararlo fiesta provincial. Pero las ganas van mucho más allá, y la idea es declararlo Festival Nacional, y está todo en camino.

Compartan y difundan, por el bandoneón, por Isaco y por Alvear..!! ¡Wiiiiiiipiuuuurrr!

© 2012 DIEGO PETRUSZYNSKI

27 junio 2012

Hay cada uno


Hay cada uno

No tiene nada raro este puesto. Muchos creen que trabajar en la parte de Seguridad es sinónimo de acción, pero la verdad que en el supermercado nunca pasó nada que valga la pena salir en la tele o algo por el estilo. En general es todo tranquilo. La mayor acción es tener que tratar con la gente, escuchar que te reten, que te reclamen, y esas cosas. Es más, los reclamos tienen más que ver con problemas del supermercado que con la delincuencia. La verdad es que no atrapo ladrones.
Lo de los casilleros guarda bolsos es lo más recurrente. Reclaman que no hay llaves, y eso es un problema del supermercado. ¿Vieron ese mueble de chapa que está a un costado de la entrada de los supermercados? Es como un armario con muchas puertitas donde uno guarda su bolso, su mochila, campera, lo que sea, mientras hace las compras. Cada casillero tiene una llave y entonces uno va, guarda sus cosas, en algunos hay que poner una moneda en la cerradura, cierra y se lleva la llave de paseo por el súper. Cuando pasa por la caja, va con la llave, saca sus cosas y se va. ¡Pero hay que dejar la llave puesta! Resulta que algunos malditos, o medio lelos, se llevan la llave pensando que es la de su casa o quién sabe qué, y así van desapareciendo y cada tanto hay que reponer las llaves o cambiar las cerraduras. O sino también pasa que algunos dejan sus cosas y después se van sin sacarlas. A las horas vuelven y buscan lo que dejaron, o sino otras veces pasan días, semanas, o nunca más vienen a buscar. Entonces hay que abrir el armario con una copia de la llave, o abrirlo por atrás si no hay copia y de paso se cambia la cerradura, y lo que había adentro pasa a cosas perdidas. Cada cosa linda hay ahí...
Bueno, el asunto es que con esto de los casilleros se armó todo un tema el otro día. Resulta que como muchos casilleros ya no tienen llave, pero están abiertos, la gente viene y se queja conmigo de que “no puede ser”, “qué barbaridad”, “usted se va a hacer responsable si pasa algo” y esas cosas que la gente dice. ¡Pero yo no tengo nada que ver! Yo estoy por si entra algún kamikaze o algún terrorista con una bomba, para eso estoy yo. Bueno, para eso al menos tomé el trabajo, pensé que iba a ser distinto en realidad. Pero son esas fantasías que uno tiene cuando no puede ser policía pero quiere ser superhéroe. La fantasía de que un día va a entrar un supervillano rompiendo las puertas de blíndex, con dos superametralladoras en los brazos y unas bolsas de tela con el signo peso en color verde, gritando “todos al suelo” o algo por el estilo. Y uno como buen servidor del orden, lo mira con los ojos entrecerrados como midiendo todo el ambiente, estirando las cejas hacia adelante como haciendo un techito para los ojos, y en un descuido que el chorro cruza por al lado, uno le hace un movimiento de karate o un kame-hame-há o le lanza una mirada láser, o le hace un tranque nomás, un tranque, y lo vence. Vencés al villano.
Wee, las veces que soñé con eso. Pero soñé despierto, ahí en la monotonía del supermercado, supermercado de porquería que nunca pasa nada, sólo jubilados que entran y estudiantes opas y criaturas que berran, nunca nada interesante, nunca nada como la gente.
Retomando, la otra vuelta, el otro día, bah, pasa que entra una chica con una mochila. No era la gran mochila tampoco, era de esas mochilitas que uno llevaba a la primaria, simplecitas, de un solo cierre. De esas que te da una empresa cuando hacés algún viaje o cosas así. La cuestión es que era una mochila carachenta de porquería. La chica esta entra al supermercado, yo estaba en la puerta como siempre, la saludé con una caidíta de cabeza y no me dio ni pelota, como siempre, y se va para el lado de los casilleros. Me acuerdo que puso la mochila en uno de los casilleros de arriba a la derecha. Mucho no le miré la mochila, porque era cualquier cosa esa  mochila, y además la estaba mirando a ella. Sé que puso la mochila en uno de los casilleros de arriba porque tuvo que levantar los brazos para hacerlo. Uhh, y cuando levantó los brazos... Digamos que tenía un perfil posterior muy interesante. No digo lindo, porque lo de lindo cada uno entiende como quiere y por ahí lo que yo digo que es lindo a otro no le parece, etcétera. Pero bueno, para no entrar en esa discusión, digamos que esta cola –¿se puede decir cola, no? Y sí, si todos sabemos que hablo de la cola, para que dar tanta vuelta... aunque cuando se daba vuelta era cuando resultaba interesante la cosa... Bueh-, esta cola era interesante, de esas que cuando uno las ve pasar las mira, después que las mira uno puede decir que era linda, que era fea, caída, floja, chiquita, lo que fuera, pero para eso uno ya la miró, y eso es lo que cuenta. Por eso digo que era interesante, porque daba para mirar.
Le miré la cola. Lisa y llanamente. Linda cola, por cierto, pero quedémonos en interesante mejor. La tipa tenía un saquito negro de hilo o algo así, y un pantalón tipo de vestir marroncito oscuro. Y cuando caminaba el saquito se le ondulaba a la altura de donde termina la camiseta, era como que se recostaba sobre la forma, seguía la forma, la curva. Como las riñoneras del tapizado de una butaca, pero esas donde no se nota la costura sino que siguen la forma nomás, la forma de la gomaespuma. Bueno, este saquito seguía la forma de lo que dejaba el pantalón, y el pantalón por supuesto seguía la forma de lo que estaba abajo. O sea que era toda una transferencia de formas que al final formaban la imagen que llegaba a mis ojos. Lo que había más allá, era para la imaginación.
El tema es que cuando la tipa levantó los brazos para meter la mochila en el casillero, arriba a la derecha, entre el 4 y el 6 habrá sido, el saquito se levantó. Todo se levantó. Sumamente interesante.
Listo, todo bien. Resulta que ella guardó ahí la mochila pero el casillero por supuesto no tenía llave, entonces cerró nomás la puerta, que en realidad no se cierra porque la traba de la cerradura está en posición de llaveado entonces golpea contra el marco de la puerta y la puerta queda abierta. Arrimada pero abierta. Y la tipa no se hizo drama, arrimó la puerta y entró a la parte de góndolas. Justo tenía que ser macanuda, porque si al menos hubiera sido un poco más exquisita o problemática me hubiera venido a reclamar que dónde está la llave, que le cuide las cosas, y le hubiera visto más de cerca. O le hubiera visto más de frente al menos, que me faltó. Pero no, esta no se hizo ningún drama y se fue para adentro, con el casillero abierto nomás.
Pasó un rato, yo seguía vigilando la puerta, nada raro. Habrán pasado unos veinte minutos. Mi turno terminaba en un rato, enseguida, ya se estaba haciendo de noche, yo esperaba que salga la del saquito para verla de nuevo y así me iba contento por lo menos. Pero pasa que un tipo entra, yo lo ví que entró, por la puerta, y va para el lado de los casilleros. El tipo va derecho a los casilleros de arriba a la derecha, abre uno y saca una mochila, del tipo mochila de porquería, parecida a la de la chica esta, la del saquito interesantóide. Y a mí me llamó la atención, la actitud, digo, no el tipo. Entonces me arrimo y le pregunto qué estaba haciendo. Me dice que estaba sacando su mochila porque se iba, pero yo le digo que no lo había visto por el supermercado, que recién había entrado. Y el tipo me dice que no, que él estaba en el supermercado, vino a comprar un desodorante pero como no había la marca que él usa se iba; que no había comprado nada.
Mmm, está queriendo me engañarrr –pensé-, pero cómo pruebo que la mochila era de él y no la de la chica. Aparte a mí se me hacía que él recién había entrado, que no estaba en el supermercado antes. Entonce le agarro la mochila y le digo que me parecía que me estaba engañando. Abro la mochila cuidando que él no vea lo que había adentro –la abrí sí, total yo soy la autoridad ahí adentro-, me alejé un paso hacia atrás y le pregunté: “a ver, decime, qué hay adentro”. El tipo me mira medio extrañado, yo pensé que me iba a empezar a insultar de arriba abajo, que iba a hacer un despelote, y entre el despelote la del saquito se iba a acercar a curiosear y la iba a poder ver de frente, por lo menos. Pero no, el tipo me dice “dale” y me empieza a tirar: “hay un grabador a cassette, una cámara de fotos con su estuche, un anotador, una birome y una fotocopia de un libro de Nuevo Periodismo de Tom Wolfe”. Y efectivamente, me puse a revisar y era eso: un grabador a cassette re viejo, una cámara digital de fotos con un estuche sucio y medio roto, un anotador todo ajado y una birome de esas que se aprietan un botoncito arriba para que salga la punta. Y una fotocopia... “Mmm”, le dije mientras lo miraba serio. No me quise hacer notar como sorprendido porque hubiera sido un chasco; yo, toda una autoridad y que me deje así atónito. Entonces saqué la fotocopia, un toco de fotocopias de un dedo más o menos de espesor, abrochado en una esquina y abierto medio por la mitad. Lo cierro para ver la tapa y sí, decía “Nuevo Periodismo” y el autor era Tom Wolfe. Mirá vos...
Bueno, le pifié, me ganó el tipo. Así que puse todo de nuevo en la mochila y se la dí. “Disculpe” le dije, y que se vaya nomás. Mis antenas de vinil me habían jugado una mala pasada, mi detector de ki se había tildado, qué se yo. Si hasta Peter Parker tuvo días en que no le salían las telarañas de la muñeca, bueno, siendo humano me tenía que pasar. Pensé.
Al ratito se hicieron las siete, terminó mi turno, pasé por la gerencia a buscar mi campera y me fui. Ya había llegado mi reemplazo.
Al otro día me levanto, bajo a desayunar y prendo la radio. Uno cuando prende la radio es más para que no lo aturda el silencio, es como tener a alguien que le hable pero que uno no le escucha. Bah, al menos eso me pasa a mí. Yo prendo la radio para no decir que en mi casa hablo solo. Porque a mí me pasa que suelo hablar solo, y pienso en voz alta, lo que pasa es que yo pienso mucho, y hablo mucho cuando pienso, entonces si prendo la radio por lo menos si hablo solo es como que hablo con alguien. Al menos eso que piensen los de afuera, si justo alguien pasa por la puerta de casa y me escucha hablando solo va a pensar que estoy medio loco. Y no, yo no estoy loco. Pero si me escucha hablando y escucha otra voz, que es la de la radio, puede pensar que estoy hablando con alguien. Aunque lo que yo diga no tenga nada que ver con lo que diga la radio, no es lo mismo una conversación de locos que dos locos conversando. O un loco conversando con él mismo y la radio de fondo. Pero bueno, los que chusmean las casas ajenas igual piensan cualquier cosa, son todos medio locos para andar chusmeando las casas ajenas, aparte.
Y justo ese día me levanté medio cansado así que no hablé mucho mientras me hacía el café, y se me da por escuchar lo que decía la radio. Y va que escucho que el de la radio dice que hay una ola de robos en supermercados. A la pucha, esto me toca a mí, dije. Al fin se me va a dar, algo de acción. Pero el de la radio seguió, y dijo que no eran robos del tipo “dame tu cartera” o “todos al suelo” –justo el que yo quería- sino que eran robos, digamos, escondidos. Voy a tener que empezar a palpar a ver si no se llevan jabones en los bolsillos, no es LA acción pero ya es algo, fuera de lo cotidiano. Pero no, el de la radio siguió contando que el de los robos había sido que era un mentalista. Era un tipo que se dedicaba a hacer magia, a adivinar cosas. Que justo dio la casualidad que un repositor de mercaderías lo conocía al tipo este, al mentalista, porque él era medio aficionado a la magia también y ese tipo de cosas, y lo vio durante toda esa semana recorriendo los supermercados, mientras él reponía mercaderías. Es decir, se lo cruzó al mentalista en un par de supermercados.
Cuando lo fueron a buscar al tipo, él se mandó a mudar. Aparentemente esa noche anterior se tomó un colectivo a no saben dónde y desapareció, por arte de magia. Y que en su “raid delictivo” –siempre me río cuando dicen “raid delictivo”, me hace acordar al dibujito animado de Los autos locos- el mentalista se llevó al menos unas cincuenta carteras, bolsos, mochilas -mochilas- entre otros objetos de ese tipo.
¡Chan! –pensé-, este era el tipo de ayer. Cómo me jodió, cómo me embromó de primera, más vale que sabía todo lo que había en la mochila si el tipo era mentalista. Pero qué hijo de su madre...
Pero lo que más bronca me dio no fue eso, que me haya embromado, porque de última me pasó porque estaba medio decaído en mis sentidos, le pasa a Batman, le pasa a cualquiera. Lo que más bronca me dio es que seguro que la tipa del saquito, la del interesantario, seguro cuando fue a buscar su mochila y no encontró le habrá hecho un escándalo al de seguridad que queda después que yo. ¡Y es un opa ese tipo! ¡Ese escándalo tendría que haber sido para mí! La chica gritándome, yo teniendo que agarrarla de la cintura y pedirle que se calme, que tome asiento, que todo iba a estar bien... Cómo me fui a perder eso. Mal ahí, muy mal, eso fue un foul en el área juez, el destino no me podía haber hecho eso. El destino, el karma, la suerte, cualquiera de los delanteros, no me podían haber deshabilitado así, flor de pase y en off-side. Por qué che, por qué nomás me pregunto. Qué decepción.
Pero bueno, forma parte de la profesión. Uno cuando se mete en esto de la Seguridad sabe que van a haber días buenos y días malos. No es fácil. Está bien, lo que me toca a mí todos los días en definitiva sí es fácil. Pero cuando pasa algo como esto, cuando te invitan al asado un día después, son cosas que no se superan de un día para el otro. Es una lástima, pero son cosas que hay que afrontarlas, gajes del oficio. No sé si se compara con perder a un compañero de recorrida como dicen los serenos, como recibir un balazo en la entrepierna como los policías, no sé. Somos todos del mismo gremio, pero en la parte de seguridad privada de los supermercados, que te pase algo así, de perder que la chica de tu vida te venga y te putee de arriba abajo –por que quién sabe si después de eso no se transformaba en la chica de mi vida, ¡quién sabe! El mentalista por ahí sabe, desgraciado- que te pase algo así, no es fija. No, no. 


© 2012 DIEGO PETRUSZYNSKI

24 junio 2012

Los hermanos sean unidos

En tiempos en que el "Martín Fierro" de José Hernández recién salía de las imprentas, eso de  los hermanos sean unidos sonó a lata (o a cañón) una tarde de otoño cuando por culpa de unos de afuera, nos mostramos los dientes.

El 22 de junio de 1874, un acorazado de la Armada Imperial Brasileña, apostado en el puerto de Itaquí, lanzó una salva de cañonazos sobre Alvear que cayeron en las inmediaciones del cementerio local (lo que ahora es el barrio San José). 

Sobre este hecho circulan dos versiones similares (y quizás más), y en ambos casos están involucrados al menos un médico de la Armada Brasileña y un ultimatum de un tal Prezewodowski.

El "Theatro Prezewodowski" es símbolo de la cultura itaquiense y único 
por su antigüedad, lujo y trayectoria a ambos lados del río Uruguay.

La primera versión es que dos médicos italianos que vivían en Alvear (Guido Bonatti y Vicente Logato) le dieron una golpiza a un cirujano del buque brasileño por un "asunto de polleras" durante una farra (alcohol de por medio) en Itaquí, tras lo cual regresaron a Alvear. De inmediato, los brasileños reclamaron la deportación de los médicos para ser juzgados, a lo que los alvearenses se negaron, y por ello recibieron el bombardeo en forma de ultimatum, presuntamente a las 3 de la tarde.

Placa colocada en el monumento al General Alvear en la 
plaza central de Alvear por motivo del centenario de su fundación

La otra versión es que un cirujano del buque, llamado Pánfilo Freire de Carbalho, fue retenido en Alvear por un "respetable vecino" para que atienda a su esposa grávemente enferma. Por ello, el capitan de la flota, de Estanislau Prezewodowski, envió un ultimatum solicitando la devolución del cirujano.

Placa colocada en el obelisco de la plaza central 
de Itaquí por motivo del centenario de su fundación

El hecho llegó a oidos de los gobiernos de ambos países. En Río de Janeiro se supo al día siguiente (porque Itaquí ya contaba con servicio de telégrafos) y a Buenos Aires la noticia llegó una semana después. Los cancilleres de ambos países resolvieron que no se trataba más que de un malentendido producto de una trifulca local, y acordaron darlo por resuelto. Sin embargo, exigieron a las ciudades involucradas a ofrecerse respetuosas disculpas y a erigir un hito o monumento para recordar el suceso. Así, en Itaquí se bautizó al flamante teatro municipal como "Theatro Prezewodowski", y en Alvear se llamó por un corto tiempo "22 de junio" a la calle principal.

Las balas de cañon arrojadas, que en definitiva no produjeron ningún destrozo considerable, se conservaron en la comisaría local por muchos años, hasta que un día un funcionario provincial de paso por el pueblo se las llevó "de recuerdo".



Fuentes: "Historia de la Ciudad de Alvear", de Federico Palma (1957), "Memorias de un pueblo de frontera" de Iván Romero Souza (2010) y "Historia de la Ciudad de Alvear" de Jorge Acuña y Éldida Vasconcellos (http://www.monografias.com/trabajos64/historia-ciudad-alvear-argentina/historia-ciudad-alvear-argentina.shtml)

© 2012 DIEGO PETRUSZYNSKI

07 junio 2012

Muchacha de Alvear
Una canción del sociólogo, historiador y poeta Iván Romero, autor del libro "Alvear, memorias de un pueblo de frontera". La guitarra por parte de Mariano Real Salas, el piano con Iván Romero (h) y la voz de Alexandra Vega.
¡Que disfruten del tema!


 © 2012 DIEGO PETRUSZYNSKI

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